El Sol y La Tierra alguna vez fueron amantes. El Sol amaba a La Tierra. Miraba a La Tierra día tras día. Veía como giraba y bailaba en frente de las estrellas. Amaba el verde de su cabello y el azul de sus ojos. Era joven y pequeña pero llena de vida. Era siempre cambiante; un día caliente de ira, otro fria con tristeza y a veces brillaba con alegría. Le encantaba que siempre que la volteaba a ver, parecía ser alguien nuevo. Pero no se atrevía a acercarse.

La Tierra amaba al Sol. Radiaba con fuerza y calidez. Se sentía fuerte con solo mirarlo. Amaba cuando se podía acercar un poco, sentía que la vida le volvía. Amaba su cabello dorado, el cual reflejaba rayos que la cegaban. Era mucho más grande que ella, pero se sentía segura al estar mirándolo. Pero nunca se atrevía a saludar.

Fue un día de otoño que La Tierra decidió portar un vestido dorado. Cubría su cuerpo con destellos de color. Rojo, amarillo, café, todos se mezclaban en un solo cuerpo dorado. El Sol la volteó a ver y suspiró. Entre las estrellas, ella brillaba más. Entre los planetas, ella era la más hermosa. No había nadie ni nada en el universo que fuera tan bella como La Tierra.

El Sol reunió coraje y decidió hablarle a La Tierra. La saludó. La Tierra volteó y sonrió. Con cada palabra que decía El Sol, un aire cálido pasaba por su piel. El Sol tomó un paso hacia ella. La Tierra pasó la mano por su cabello que entre sus dedos se tornaba café. Se sonrojaba al ver al Sol. El Sol sonrió y tomó otro paso. La Tierra sintió una ola de calor pasar por su cuerpo. Le encantó la sensación.

El Sol se acercó más. La Tierra sintió otra ola de calor que la dejó sin aire. Casi no podía respirar y se asustó. El Sol no se dio cuenta. Seguía mirando el vestido dorado que parecía brillar más entre más se acercaba.

Siguió caminando y el calor le seguía pegando a La Tierra. Su cabello se empezó a tornar en negra ceniza y a caerse. El azul de sus ojos se volvió gris. Le pidió al Sol que no se acercara, le rogó, le gritó, pero El Sol no la escuchaba. Seguía enfocado en el vestido.

El color dorado brillaba más intensamente cada vez. Hasta que paró. Empezó a tornarse rojo como flamas y negro. Se empezó a despedazar y caer, dejando solo la piel morena de La Tierra expuesta. El Sol paró y escuchó los gritos de dolor de La Tierra. Culpa lo invadió.

Corrió lejos y dejó a La Tierra llena de llamas y cenizas.

Meses pasaron y La Tierra volvió a crecer su cabello verde y sus ojos volvieron a ser azules, pero El Sol nunca perdió el miedo. Nunca se volvió a acercar a La Tierra y La Tierra nunca quiso acercarse al Sol otra vez, pero lo seguía amando. Y el a ella.

Solo una vez al año, El Sol se atreve a voltear a ver a La Tierra. Por eso, una vez al año La Tierra se pone ese vestido dorado y entre los dos comparten una mirada en la cual dicen que siempre se amaran aunque nunca se puedan tocar.

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