Era un amigo. Bueno, no en realidad. Más como un conocido. Solo me lo encontré una vez, pero fue suficiente para marcarme.

Estaba oscuro. Frio. Mi linterna colgaba de mi lado pero no la iba a usar. Si no los podía ver, ellos no me podrían ver y lo prefería de esa manera. Sin forma de ver el camino en la oscuridad, de lo único que podía confiar eran mis pensamientos. No había razón alguna para usar mis ojos así que los cerré. El único sonido venía de las olas que se rompían en la orilla y se convertían en espuma. Pasé mis pies por la arena mojada y la escasa espuma en completo silencio. Ni siquiera quería respirar demasiado fuerte así que solo me permitía respirar rápidamente y contener el aire el mayor tiempo posible. Justo como si me estuviese ahogando.

Entonces, escuché algo en el agua. Paré. Traté de distinguir el sonido extraño del que producían las olas. Se acercó. Contuve mi respiración y traté de enfocarme en la manera en que mi corazón latía. El agua tocó mis talones. Temblé.

Algo respiró en mi cuello.

Lancé mi linterna contra su cara. Mordí mi labio pero un grito escapó de ellos. Escuche su cuerpo al caer en el agua. Gritó, pero pronto ese grito se convirtió en una suave risa. Por qué no corrí, nunca sabré. Tal vez su risa me tomó por sorpresa. Era, de alguna manera, encantadora, como una canción de cuna.

-¿Quién eres?- grité.

-Soy el hombre que vive aquí. ¿Quién eres tu?- Rio.

-Yo… yo estoy perdida.-

-Tal vez abrir los ojos ayude- El agua salpicó.

-No ayuda. No importa lo que haga, solo veo negro- Una mano tocó mi barbilla y la empujó hacia arriba.
-Eso es porque tienes que mirar las estrellas- Susurró. Abrí mis ojos.

El blanco brilló a través de la niebla. Plateado pintaba encima del negro y lo mataba. Voltee a ver las olas. No veía ya negro, pero si las estrellas que habían caído en el agua y marcaban el camino al horizonte.

-Hace frio esta noche- El hombre comentó.

-Si- No dejé de mirar las estrellas. No podía dejar de mirarlas.
-¿Tienes donde dormir esta noche?-

-No- murmuré.
-Ven conmigo- No tenía que voltear para saber que me estaba observando. Podía sentir el peso de sus ojos en mi cuerpo. –Solo por una noche. Te puedo dar un lugar para descansar-

Pasé mis manos por mis brazos. El viento me enfriaba. No era buena idea seguir a un extraño que apenas había conocido a la mitad de una playa desierta. Era una horrenda, de echo. Pero no se veía muy fuerte o amenazante. Lo había tirado al suelo con solo una lámpara, y yo era joven, demasiado confiada y bastante estúpida. –Está bien. Guía el camino-

Sus dedos se entrelazaron con los míos. El calor de su mano pasó a la mía. Me jaló de la mano y me guio a través de la oscuridad.

Caminamos no más de unos minutos. Las olas nos llegaban a los tobillos para cuando vi una luz tenue por la orilla de la arena. La silueta de una pequeña casa se volvió más clara mientras nos acercábamos.
El hombre me guio hacia los escalones de madera que levantaban a la casa de la playa y abrió la puerta.

La luz venía de una sola vela a punto de apagarse. Estaba sobre una mesa arriba de un charco de cera. El hombre sacudió algo que sonaba como piezas de madera. Encendió un cerillo y prendió una vela que estaba por la puerta.

La luz roja era suficiente para que yo viera bien la casa. El marco de madera de la puerta olía a sal y la parte de abajo de las paredes tenía manchas amarillas sobre su pintura blanca. La parte superior tenía la pintura raspada, revelando ladrillos oscuros debajo de ella. Escaleras llevaban hacía arriba a la oscuridad.
Habían libros en una mesa y un plato sucio junto a ellos. Pero no veía ningún interruptor de luz o focos. No había enchufes en la pared. Ni siquiera veía un teléfono.

-¿Quieres algo de comer?- Preguntó el hombre.

No había comido en todo el día y el dolor en mi estómago se volvía más fuerte, así que asentí.
Con una mano, el hombre agarró una caja de cerillos de la mesa y con la otra agarró la vela. Caminó a través de una puerta y me guio a la mesa con los libros abiertos. Caminó hacia un gabinete en la parte de atrás del cuarto.

Me senté en la silla junto a la mesa. Mi mirada cayó sobre los libros abiertos. No reconocía el idioma en el que estaban escritos y la portada no ayudaba. Eran de un solo color, como la portada que se esconde debajo de la solapa de un libro de tapa dura. Uno era azul, uno rojo y uno negro.

El hombre dejo caer un panqué dentro de una envoltura de plástico y se sentó junto a mi. Levanté la mirada. Por primera vez, observé su cara. No estoy segura si mi memoria me está mintiendo, si la luz de la vela engañó a mis  ojos, o si lo recuerdo exactamente como pasó. Mi respiración se alentó.

La cara del hombre parecía tallada de madera. Líneas como grietas corrían a través de su cara café, sobre sus labios y hasta su pecho.  Sus ojos eran un oscuro azul como el de el cielo justo antes de que la luz desaparezca en la noche. Nunca había visto ojos tan azules.

El hombre debió haber notado mi reacción. Rio suavemente. –Anda, come- dijo. Por un momento, me había olvidado de mi hambre. Abrí la envoltura y mordí el panqué. Pasé mis manos por las portadas de los libros.

-Es difícil- el comentó –tener libros en una casa tan cerca del mar, pero es lo más seguro que puedes hacer aquí- No entendía a lo que se refería pero aún así asentí. –Pero la parte más difícil es encontrar ese libro que te agarra y no te deja ir hasta que lo terminas. He estado saltando de libro a libro por un tiempo, pero ninguno en verdad me ha agarrado- Me explicó -¿Tienes alguna recomendación?-

Negué con la cabeza – En verdad, no leo-

-¿No lees?- Rio -¿Cuántos años tienes?
Decidí en mi cabeza que era mejor mentir, que diría que era más grande de lo que en verdad era. Pero mis labios hablaron antes que mi cabeza –Catorce-
-Catorce y no lees- golpeó sus dedos contra la mesa –Deberías empezar. Te va a ayudar mientras creces-

-¿Cómo?-

-Leer te ayuda a crecer-

No volvimos a tocar el tema. Comí el pan en minutos. Lamí las migajas de mis dedos y las recogí de la envoltura. El hombre no me miró ni una vez. Su mirada estaba fija en el movimiento de la flama.
No fue hasta que me comí absolutamente todo el panqué que habló otra vez -¿Porqué es que una niña tan joven caminaba sola en la playa a la mitad de la noche?- No respondí. Pensé que estaba haciendo un buen trabajo en esconder mi motivo y cuando lo adivinó, estaba asombrada. Pero en retrospectiva, las respuestas eran muy obvias. –Estas escondiéndote- él dijo. Levanté la mirada. Las grietas en su piel parecían cobrar vida y cambiar con cada movimiento que hacía. –Estas perdida- continuó –Estas asustada- Agarré la mesa y traté de descifrar cómo era que él sabía lo que sentía, pero no pude.

-Está bien. Estar perdida, asustada, es parte de crecer- él me dijo –¿o hay algo más que te este asustando?-
-Lo desconocido me asusta- confesé.

-Lo desconocido. Eso nos asusta a todos. ¿Porqué crees que nos aferramos con tanta fuerza a cualquier cosa que explica lo que no sabemos?- Pasó si mano a través de la cera sólida debajo de la vela. -¿Creías que podías escapar lo desconocido al esconderte de ello?- Me quedé en silencio. Fue en ese instante que me di cuenta que estúpida había sido mi idea. En algún punto me había hecho sentido, pero ahí, con el hombre explicándolo con tanta claridad, cualquier excusa que había inventado en mi cabeza murió. –No puedes escapar de lo desconocido, niña- Continuó el hombre –Tienes una decisión. Puedes obsesionarte con ello, dejar que te gobierne, te consuma, que mande tos creencias, tus miedos, tu vida. O puedes aceptarlo y aprender a vivir con ello. Eso no quiere decir que no le tengas miedo. Está bien tenerle miedo. Solo significa que estas dispuesta a enfrentarte a ello.-
Escuché cada palabra que decía. No me atrevía a moverme o a respirar muy fuerte. –Hay una cama subiendo las escaleras. Puedes dormir ahí si deseas- Agarró la vela y me la ofreció –Toma la vela y no te olvides de soplarla antes de dormir-

Tomé la vela de sus manos. En la luz, parecían las manos de una marioneta. Pero cuando las tocaba, se sentían como piel caliente.
Me paré y me aventuré a través de la extraña casa. Agarré el barandal de las escaleras y miré el fuego de la vela hasta que mis ojos lloraron. Me subí a las escaleras y encendí mi camino a través de la oscuridad.

Entré al primer cuarto que vi. Adentro, había solo una cama con sabanas blancas sobre ella. Una ventada estaba abierta. Las cortinas blancas volaban en el viento. Cerré la ventana y me senté en la cama. Miré la oscuridad del pasillo de donde venía. Temblé. No pensé que fuera tan difícil apagar una vela.

Me aferré a la cama y soplé. La flama murió. Dejé que la oscuridad me cubriera y por un momento, no cerré mis ojos. Miré directo a la oscuridad hasta que se sentía como si estuviese viendo a un viejo amigo.

Desperté cuando salió el sol la mañana siguiente. Busqué por toda la casa, pero el hombre no estaba. Nunca estuve segura si soñé nuestro encuentro o si fue real. Aún sigo sin saber.

Corrí de regreso a mi casa ese día. Estuve desaparecida solo un fin de semana. Mis papás lloraron cuando me vieron y yo lloré también. Me mandaron a un psicólogo que me ayudo mucho. Nunca le dije de la casa o del hombre. Empecé a leer mucho más, siempre por la luz de una vela.
Me había convencido de que la casa probablemente nunca había existido y que el hombre fue solo algo que me imaginé. Pero hoy, me encuentro paseando por la playa que alguna vez usé para huir. Y me encuentro con una casa que solo vivía en mis sueños. Entro a la casa y encuentro los mismos tres libros que alguna vez un hombre me dijo que no podía decidir entre ellos. Subo las escaleras y veo la vela que apagué en un sueño junta a la cama donde soñé ese sueño. No puedo evitar pensar que hubiese pasado si nunca hubiese encontrado esa casa, si aún estaría caminado en la playa con los ojos cerrados, temiendo mirar las estrellas.


Foto por Lukas Robertson

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